El final de un año siempre es un pequeño duelo.
Aunque no lo pensemos así, cada cierre de ciclo (social, emocional, biológico, e incluso financiero) activa en nuestro cuerpo la idea de transición. Y toda transición implica, de una forma u otra, soltar algo.
En estas fechas, la mente se ve empujada a hacer un balance: lo que se queda, lo que se va, lo que dolió, lo que cambió, lo que ya no vuelve a ser igual. Aparecen ausencias, recuerdos, versiones de nosotros mismos que ya no son, y deseos que todavía no sabemos si queremos o si nos dan miedo.
Y a la vez nos asomamos a lo nuevo: un año por estrenar, un ciclo que se abre, decisiones que aún no existen. El futuro es imprevisible, pero nuestra mente lo vive como un salto simbólico. Y si vamos a saltar, mejor hacerlo con "los deberes hechos", sabiendo dónde estamos por dentro y qué necesitamos realmente.
En medio de todo esto llegan las fiestas, con su carga emocional, sus expectativas, sus recuerdos y su ruido externo. A veces acompañan; otras veces descolocan. No siempre encajan con nuestro mundo interno, y eso también es importante escucharlo.